La Sombra del Asesino

El decrepito pirata

El viejo estaba sentado sólo, tomando una y otra vez de su sucio tarro. Cuando la bebida se acabó, gritó al mesero.

“Eh, tú! Mesero genérico número uno! Sabes qué es esto? Un tarro vacio! Ven y sirveme más!”

Su voz era ronca, seca, forzada. A través de sus quebradizos anteojos, logró ver como un mesero se acercó, con una mueca molesta, y rellenó su tarro.

Después de unas horas, el viejo pirata porfin salió del bar de mala muerte, y se tambaleó de regreso hacia su hogar; un corroido barco anclado a poca distancia del puerto. Lentamente escaló las cuerdas que le permitian subir al barco, casi inconscientemente. Tantos años de hacer esto le habían prácticamente automatado las acciones que tomaba.

Una vez a bordo, pateó la puerta que llevaba a su cabina, maldiciendo el dolor que ahora subía por su pierna. Y casi de inmediato, el asqueroso olor que reinaba en el cuarto escapó e inundo sus narices. Tal vez debería limpiar o algo… pero no, no habia necesidad. Era el único que entraba a este lugar… y solo por algunos momentos de descanso, si así le podría llamar. Sus sueños estaban llenos de memorias, de horrores, de muerte inminente. Y ninguno de él.

Su padre tenía razón, por mucho que le doliera admitirlo. Él no era nada. Sólo una sombra. Una copia. No tenía existencia propia, no tenía memorias únicas. Todo era una farsa, una que había durado siglos. Toda la personalidad que él orgullosamente había desarrollado, había sido cruelmente fabricada. La liga que él negaba existía entre él y la sangre del Sacrificio ya no podía ser ignorada. Su cuerpo, que no había envejecido por décadas, ahora rápidamente se acercaba a la semejanza de su progenitor.

Y el Capitán odiaba eso. Donde antes tenía robustos músculos, ahora había sólo carne quebradiza. La realidad era mucho peor que los sueños… pero no podía pasar todo el tiempo dormido. Entonces había comenzado a ahogarse en alcohol, apaciguando su miedo y desprecio, al menos por algunas horas. La resaca era horrible… pero al menos era suya. Por ahora, sólo quería desplomarse en su cama (que era un montón de trapos y velas viejas).

Pero, en vez de la soledad que normalmente acompañaba sus noches, una oscura figura estaba sentada en la cama, dos ojos amarillos observándolo. Con reflejos antiguos, trató de tomar su pistola, que descansaba en una pequeña mesa. Pero la figura oscura era más rápida, y arrojó un cuchillo – que parecia hecho de sombras – hacia la mano del viejo. La atravesó con facilidad, y el antiguo Capitán gritó de dolor.

“Vamos, Capitán. No hay necesidad de violencia; solo quiero hacerle un par de preguntas.”, murmuró el individuo. Se acercó al Capitán, y puso una cuchilla en su cuello. “No tengo nada contra usted; siempre pensé que era alguién que podría ayudarme. Pero su vida realmente no me importa; es un viejo decrepito, y no puede hacer nada contra mi. Así que si no me ayuda, separaré su cabeza de su cuello. Entonces, digame… donde están Cinocar y Solín?”

El Capitán observaba a la figura, y una ola de reconocimiento le llegó. “Pero.. tú! Estabas…”

La figura golpeó al Capitán, provocando la ruptura de la quijada. “DONDE ESTAN?!”, gritó.

El Capitán escupió sangre y dientes, y carcajeo. “Idiota… Cinocar está muerto, y Solín fuera de tu alcance. Si quieres matarme, hazlo. Soy tu tipo de presa, no? Indefenso? Solo eso puedes hacer.”

La figura se quedó callada por unos segundos. ”... Sufrirá más viviendo. No le haré el favor de liberarlo.”, le dijo, y con una rapidez increible, clavó dos cuchillas en las piernas del Capitán, quién rugió de dolor.

“Y ahora sufrirá más. “, añadió, y se retiró, dejando al pobre viejo gimiendo, desangrándose, y temiendo por la vida de su viejo amigo.

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richterbrahe

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